Las penas con garnacha son menos

Delante de nosotras había unas 20 personas en fila. Y no creas que cada persona venía a comprar una cosa… era viernes y todos los oficinistas habían mandado a un voluntario por el pedido grupal. Con todo y eso, esperamos. Este manjar lo valía.

Y al darle la primer mordida confirmamos que la espera había valido la pena…

Hace dos semanas recibí la deliciosa visita de una amiga que es como mi hermana. Después de convivir durante toda nuestra adolescencia, juventud y el inicio de nuestra vida de adultos, se fue a vivir a otro país. Lejos. Hacía 3 años que no la abrazaba.

Mi hermana es, igual que yo, garnachera. Cuando vivíamos cerca nos íbamos juntas a descubrir nuevos lugares. No hay como compartir una garnacha con alguien que la disfrute igual que uno. Y esta mujer es la pareja perfecta para la garnacha.

Así que la mañana siguiente de su llegada nos fuimos a Coyoacán a comer tamales, papas de carrito, comprar elotes cacahuazintle, chile piquín y mango enchilado. Eso fue en la mañana. En la tarde comimos flautas de pollo con aguacate, crema y salsa y fuimos a cenar tacos con más  salsa, frijoles de la olla y cerveza artesanal.

Al día siguiente desayunamos unos chilaquiles, botaneamos papas de carrito adobadas y comimos quesadillas fritas de mercado con una salsa tan picante que me hizo llorar. Maravilloso.

(Para el jueves en la tarde nuestro intestino nos informó que no estaba tan feliz. Pero mi hermana tenía sólo unos cuantos días y había mucho por disfrutar, así que cenamos ligerito porque debíamos mantener el ritmo).

Y llegó el viernes. El manjar prometido.

Desde hace un año paso frente a un carrito de comida de camino a la escuela de la Burbuja. Siempre hay una fila gigante. Y yo confío en la sabiduría de la gente que prueba algo sabroso y regresa. Una fila es la mejor publicidad.

Hace meses le propuse al Bendito Esposo que fuéramos pero no estaba interesado. Se ofreció a acompañarme. ¿Comer yo y tener que describir el platillo? De ninguna manera. Mejor voy yo sola un día. Si claro…

Hasta que mi amiga me avisa que viene, sin hijos, y toda una semana a estar conmigo. Y que mi corazón se alegra y mis papilas gustativas también. De inmediato supe que ya tenía con quien ir.

Llegó la mañana en cuestión. La mujer llevaba 2 días comiendo de todo, con mucha salsa, con un intestino incómodo y tratando de superar el jetlag. Pero como es una valiente, se despertó a las 4am y se esperó entusiasmada hasta las 9am que llegamos.

Nos acercamos en el coche y vimos la fila. Mucha gente. Rápidamente se bajó del coche y se fue a formar. Me estacioné y le puse 30 minutos al parquímetro. Mientras chismeábamos de cosas increíblemente íntimas en la fila sin pudor alguno, vimos que del otro lado de la calle había un joven vendiendo jugo de naranja RECIEN exprimido. Excelente.

Nos tocó nuestro turno y ambas pedimos torta de chilaquil verde. —¿Con todo?—¡Claro que con todo! Es muy importante confiar en los creadores de un manjar y no ponerse delicada con los ingredientes. Si ellos consideran que el platillo debe llevar todo eso, así lo voy a probar. Así que mi torta tenía telera, chilaquiles verdes, un cucharón (sí, un cucharón generoso) de crema, un poco de pollo y cebolla cruda.

Nos envolvieron el manjar en papel de estraza, nos lanzamos por un litro de jugo de naranja dulce, brillante y fresco y nos fuimos a casa. Llegando pusimos la mesa y preparamos el ambiente.

Le dimos la primer mordida. ¡Qué cosa! Imagínate la telera suavecita, el chilaquil también suave pero de consistencia más firme, la cebolla crujiente y la suavidad de la crema que se escurría un poco en cada mordida. El paraíso en mi boca.

Durante las primeras mordidas no hablamos. Estábamos disfrutando con todos los sentidos. Después empezamos a comentar lo delicioso que estaba. Y terminamos muertas de la risa acordándonos que hacía 3 años habíamos compartido una torta para las dos. Definitivamente estábamos locas. Esto no se debe compartir. La cantidad perfecta es una. Media torta es una ridiculez.

Durante esa semana, mi boca se llenó de sabores fabulosos y mi corazón se fue suavizando. Hablamos de todo, comimos de todo y bromeamos como si tuviéramos 15 años de nuevo. Ahora pienso que ella es mi Torta de Chilaquil: suave, cálida, un poco picante y con toques crujientes.

Es un lujo en mi vida, y como todos los lujos que valen la pena, se deben disfrutar constantemente.

Gracias queridísima Torta de Chilaquil por venir. Se que tuviste que mover el cielo y la tierra para que esta semana se hiciera realidad. Pero te estaré agradecida por siempre por haber movido mis nubes y mis tormentas para que volviera a ver el sol. Eso no hay con qué pagarlo.

Por las amigas del alma, las hermanas del corazón, las compañeras de garnacha… que su vida esté siempre llena de amor, de platillos asombrosos, de texturas y de mucha complicidad.


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Escrito por Guadalupe Rozada


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