¿Qué tan lejos vives de tu cuerpo? Intervenciones y desconexiones.

Mama lactancia plenaEl post de la semana pasada estuvo dedicado al error más común que las mamás cometemos con nuestro bebé: intervenir en donde no hace falta. Es decir, “entrenar” o “educar” a los bebés en lo que la sociedad piensa que es lo mejor.

Después de leerlo, una amiga me escribió: “Las intervenciones sirven para educar de alguna forma. Y si dejamos de intervenir, ¿entonces qué pasará?” Le dedico este post a ella y a su pregunta tan importante.

Queridísima D:

Tienes toda la razón. Parecería que si no hacemos nada, nuestros hijos crecerán siendo unos salvajes, indomables e irrespetuosos. Todo el mundo alrededor de ti te dice que debes hacer esto y aquello para que tu bebé vaya aprendiendo y “acostumbrándose desde chiquito” ¿no?

Pero ahora quiero hablar de ti. Platicar sobre las intervenciones con los bebés tiene mucho que ver contigo y sirve para entender por qué comes de cierta manera. (Además, es bastante difícil cambiar algo con tu bebé si no has visto los problemas que te ha traído a ti.) Te explico:

Tú fuiste bebé. Tu mamá o quien cuidara de ti te educó de cierta manera. No importa si fue muy estricta o muy relajada. Quien tú eres ahora y la manera en que comes (y ves el mundo) es resultado, en gran medida, de cómo fuiste tratada de bebé.

Uno de los efectos secundarios de las intervenciones durante la infancia es la desconexión con el cuerpo. No es el objetivo de ninguna mamá que esto le pase a su bebé, pero es lo que tiene que suceder para que el bebé “aprenda” lo que su mamá quiere. Si la mamá quiere que el bebé aprenda a terminarse todo el biberón, a acabarse toda la papilla, y a dormirse a la misma hora, debe intervenir.

¿Y por qué debe intervenir? Porque el cuerpo del bebé no funciona “como debería”. Tenemos que obligarlo. Un bebé no come exactamente la misma cantidad de comida todos los días, ni se duerme exactamente a la misma hora, ni sigue un horario con reloj. Pero la sociedad nos dice que esto “le conviene” y nosotros, curiosamente, obedecemos. Así que les ponemos la tele, les cantamos y les hacemos avioncitos para que se terminen su comida. Los acostamos y los dejamos llorar para que “aprendan a dormirse solitos”. Nosotros decidimos y ellos deben “aprender”. Es decir, obedecer.

Con suficiente repetición todo bebé aprende esta lección: “para que mamá esté contenta y no se enoje debo hacer lo que ella quiere. Si mi cuerpo me dice que no tengo hambre, debo  dejar de escucharlo y comer lo que dice mamá. Ella sabe mejor lo que mi cuerpo necesita.”

Y entonces pasan los años y esta poderosa lección sigue viva. Sigues desconectada de tu cuerpo, obedeces a alguien más, y tu cuerpo sigue pacientemente esperando el día en que vuelvas a hacerle caso.

En mi consulta ubico 3 grados de desconexión: chico, mediano y grande. ¿Quieres saber en cuál estás tú? Revisa los ejemplos y me dices.

  1. La Vecina. No vives en tu cuerpo pero estás muy cerca. Lo ves muy seguido, te asomas, se conocen. Todos los días te das cuenta de cosas que le suceden. Casi siempre te enteras cuando estás comiendo. Es decir, te das cuenta que tienes hambre y la mayoría de las veces sabes que ya te llenaste. Tal vez te comas algo que te encontraste aunque no tenías hambre, o tal vez te terminaste la comida de tu plato sin darte cuenta que el arroz estaba saladísimo. Pero podríamos decir que estás relativamente cerca de tu cuerpo, que lo sueles escuchar y algunas veces le haces caso.

  1. Nacionalidades diferentes. Tú y tu cuerpo hablan dos idiomas distintos. Se han visto algunas veces en la vida, se ubican, pero se entienden poco. Últimamente te has dado cuenta que las cosas que antes hacías automáticamente ya no funcionan tan bien. Tal vez antes podías comer (o dejar de comer) todo lo que querías y tu cuerpo no se quejaba, pero ahora empieza a sentirse mal. Te empiezas a dar cuenta que si no comes bien te sientes cansada, o tal vez no vas bien al baño, o tal vez estás de malas. No estás acostumbrada a oír a tu cuerpo y mucho menos a cuidarlo o a hacerle caso. Tal vez piensas que esto sólo se hace con los bebés y ya. Así que darte cuenta que tu cuerpo se queja y pide cuidados es un poco raro para ti. No sabes bien cómo hacerle caso porque tu mente está acostumbrada a decidir, y la mente nunca le pregunta al cuerpo. Pero empiezas a notar que las cosas deben cambiar.

  1. Planetas diferentes. ¿Qué te puedo decir? Olvídate que tú y tu cuerpo se vean poco. ¡No se ven nunca! Cada cosa que te pasa, cada enfermedad, cada molestia es un misterio. No tienes idea cuándo tienes hambre porque nunca lo has necesitado saberlo: el reloj te avisa. No tienes idea si estás cansada o no, te duermes a la misma hora y listo. No sabes cuánta hambre tienes, te terminas lo que alguien más sirvió en el plato SIEMPRE.  Si es hora de comer, comes. Si es hora de dormir, duermes. Si algo te duele, te tomas una pastilla y listo. Básicamente así resuelves todo con tu cuerpo. Sigues las mismas reglas que has seguido siempre y ya. ¿Y te funciona? Tal vez nunca te lo habías preguntado antes…

Así que, para contestar tu pregunta, ¿qué pasa si no intervenimos? ¿Qué pasa si dejamos al bebé que decida cuánta comida comer? La conexión con su cuerpo no se romperá, siempre sabrá lo que necesita y podrá cuidarse a sí mismo mucho mejor.

Amiga, te invito a que esta semana pongas tu atención en ti, en tu cuerpo y en sus mensajes. El cuerpo no habla con palabras, no da razones y no justifica por qué hay que hacer algo. El cuerpo se comunica con sensaciones, a veces en todo el cuerpo y a veces en lugares específicos. Y créeme que tu cuerpo se muere de ganas de comunicarse contigo.

Ponte atención unos minutos todos los días y déjame un comentario para ver cómo te fue. Estoy segura que lo que encuentres te sorprenderá.

 


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Escrito por Guadalupe Rozada


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